Cita
Siempre se sientan en bancos separados, no se conocen y no se hablan, pero cuando uno de ellos falta a su cita no acordada, el otro siente un nerviosismo tonto que le impulsa a irse antes de lo acostumbrado.
Rosa María Bobillo. 2017
La caja de seda azul.
Encontró en el fondo del baúl una pequeña caja de tela de seda azul. Estaba algo ajada y descolorida en las esquinas y el cierre era una sencilla pestaña de latón dorado, labrada en arabesco y sin cerradura. Tiró de la pestaña, levantó la tapa y vio que contenía cartas sin sobres, dobladas y amontonadas unas sobre otras en ligero desorden. Reconoció la letra y se dio cuenta de que había llegado a sagrado. Aquellas cartas no iban dirigidas a ella, pero, aun así, intuía lo que decían. Hacía más de cincuenta años que habían sido escritas, que, tras viajar miles de kilómetros desde una pequeña población saharaui y atravesar el cielo sobre el océano, habían llegado a las manos de su destinataria. En aquellos papeles se habían depositado muchos proyectos, sentimientos y deseos que a saber si algún día se vieron cumplidos. A través de aquella relación epistolar seguramente se habían realizado preguntas importantes a las que se habían dado respuestas igual de trascendentes.
No las tocó. Una cosa era vaciar los muebles y otra bien diferente atropellar el secreto de la relación entre los dueños de aquellas misivas. Pensó en sí misma, en el sentimiento de incomodidad y de desagrado que le provocaría que alguien accediera a su intimidad sin su permiso. Se había comprometido a buscar un nuevo destino a los enseres de la casa y no era fácil reubicar todo lo acumulado allí a lo largo de los años. Había que deshacerse de muchas cosas inservibles, decidir qué merecía la pena conservar y qué no. Sin embargo, aquel hallazgo hizo que se planteara una cuestión ética. Si la caja de seda azul reposaba en el fondo de aquel baúl, bien protegida y a salvo de ser encontrada fácilmente, era por algo. Estaba deslucida, sí, pero por los años, no por el olvido. Tenía dos posibilidades en cuanto a cómo actuar al respecto: una, conservar aquellas cartas, guardarlas en el fondo de otro baúl o de algún cajón; la segunda opción era destruirlas. Y se inclinó por lo segundo.
No obstante, no lo hizo enseguida. Aún había mucha tarea por delante, tenía que revisar estantes y armarios, y embolsar un montón de trastos viejos que tendrían que ir irremisiblemente a la basura. De modo que cerró la tapa de la caja y la colocó en el mismo lugar en el que la había encontrado. Le pareció buena idea dejar que aquellas palabras enmudecidas siguiesen su letargo, cobijado en el silencio oscuro del baúl unos días más. Después, las convertiría en cenizas con el fin de alejarlas para siempre de la curiosidad de ojos ajenos. Aquellas palabras se habían quedado huérfanas, ya no pertenecían a nadie. Quien las había sentido y escrito se había ido, lo mismo que quien las había leído y atesorado, y creía aconsejable que ellas emprendiesen su mismo camino. Las quemaría, sí, pero conservaría la caja de seda azul. Quizá algún día aquella caja tuviera que conservar otras cartas, otros proyectos, otras vidas, incluso la suya, quién sabe.
Rosa María Bobillo. 2017
De lo íntimo
Hora Punta
Una noche de Reyes.
En la noche del cinco de enero, tras las cortinas de una de las ventanas de la casa de ladrillo rojo que hay al final de la calle empinada, en la salida del pueblo, unos ojillos abiertos y espabilados vigilan cada movimiento que pueda producirse fuera, por insignificante que parezca. Es Carlos que, alerta, como una lagartija, se ha propuesto no dormir esta noche. Mientras cenaba, prometió a sus padres acostarse temprano, pero hizo la promesa cruzando los dedos índice y corazón de las manos, escondidas tras su espalda. Su amigo Dani le aseguró una vez que, haciendo ese gesto, la promesas no valen, de modo que lo pone en práctica cuando le conviene.
Tiene sueño, pero permanece descalzo, a oscuras, escrudriñando la calle, esperando conseguir lo que lleva anhelando desde hace varios días, ver el paso de los Reyes Magos montados en sus camellos y cargados de regalos y de juguetes. Su habitación no es un modelo de orden precisamente. Los juguetes están tirados por el suelo, bajo la cama, incluso sobre la mesa en la que hace los deberes cada día. Donde normalmente hay libros, cuadernos y lápices a medio acabar, ahora está su colección de bichos. El despliegue es tal que su madre se las ve y se las desea para atravesar la habitación sin pisar alguno de ellos.
Hace ya una semana que envió su carta a los Reyes Magos y la echó en el buzón de correos de la plaza cuando su padre le llevó a casa de Dani. A su amigo le gustan los coches teledirigidos y ha pedido uno grande de color negro. Carlos, sin embargo, ha pedido dos cosas que quiere sobre todo: el "Superzoo desmontable" y el mecano que vio en el escaparate de la juguetería del pueblo, que es casi tan alto como él. Por eso, esta noche está atento a los ruidos y a las sombras que se ven en la calle. Si tiene suerte, podrá ver a Melchor, a Gaspar y a Baltasar. Dani le ha dicho que, seguramente, vendrán en muchos camellos, porque es imposible traer todos los regalos y a los pajes en tres solamente, aunque viajen unos encima de otros. ¡Qué burrada! Lo lógico -piensa Carlos-, es que los camellos tiren de unos carros llenos de paquetes y, como la casa de Dani está cerca de la plaza, han acordado que vigilarán a la vez, así que, si su amigo no se ha quedado dormido, estará mirando hacia la calle, como él, para comprobar quién tiene razón.
De repente, Carlos oye un sonoro "gong" en la habitación de sus padres, es el reloj que está colgado en la pared. Mira el de su mesilla y ve que ya son las doce y media. Lo cierto es que está empezando a aburrirse, no puede encender la luz, ni jugar ni entretenerse mientras espera si no quiere que sus padres se despierten y le obliguen a meterse en la cama, de modo que no le queda otra que aguantarse. Está seguro de que el gran acontecimiento sucederá de un momento a otro. Unas luces iluminan las paredes de pronto. Carlos se pega al cristal pero..., ¡no es lo que cree! Se trata del vecino que vive enfrente, que llega ahora en coche a su casa.
Decide que estará más cómodo sentado. Retira a su elefante africano de la silla en la que lo puso por la mañana, acerca ésta a la ventana y se sienta, cruzando las piernas como si fuese un indio, tal como lo ha visto en uno de los cuentos que tiene en la estantería. ¡Ajá, así se está mucho mejor! -piensa-. Deja volar la imaginación, cambia de postura varias veces y, al final.... ¡se queda dormido!
Mientras tanto..., fuera se ha levantado un poco de viento que mece las ramas desnudas de los árboles. No hace demasiado frío. Una extraña sombra -que semeja una larga caravana formada por hombres y animales-, se desliza silenciosa por las fachadas. Se detiene un poco en cada casa, permanece quieta unos momentos, después, reemprende su sigilosa marcha. Así, una y otra vez por todo el pueblo hasta que, al cabo de un buen rato, la sombra llega a la fachada de la casa de ladrillo rojo, pero, a estas alturas, Carlos sigue durmiendo plácidamente sentado en su silla.
A la mañana siguiente, cuando despierta, muy temprano aún, ¡ya no está en la silla, sino en su propia cama, bien arropado y calentito! Al estirar las piernas, sin querer, da una patada a unos bultos. Abre bien los ojos y ve con asombro que a los pies de la cama hay dos cajas, una enorme, envuelta en papel azul muy brillante y otra, más pequeña, forrada con papel de colores. Se pone nervioso y se da cuenta de que los Reyes han venido y él no se ha enterado, no pudo permanecer despierto y tendrá que preguntarle a Dani si ha tenido más suerte y ha podido verlos. No puede contener más las ganas y abre los regalos rompiendo el papel.¡Tiene su zoo y su mecano! ¡Está tan ilusionado que no sabe con qué jugar primero!
En ese mismo momento, Sus Majestades los Reyes Magos, cumplida su misión un año más y a salvo de ser descubiertos, toman chocolate caliente y rico roscón con frutas y nata en la cocina de su palacio, allá lejos..., en Oriente.
Tiene sueño, pero permanece descalzo, a oscuras, escrudriñando la calle, esperando conseguir lo que lleva anhelando desde hace varios días, ver el paso de los Reyes Magos montados en sus camellos y cargados de regalos y de juguetes. Su habitación no es un modelo de orden precisamente. Los juguetes están tirados por el suelo, bajo la cama, incluso sobre la mesa en la que hace los deberes cada día. Donde normalmente hay libros, cuadernos y lápices a medio acabar, ahora está su colección de bichos. El despliegue es tal que su madre se las ve y se las desea para atravesar la habitación sin pisar alguno de ellos.
Hace ya una semana que envió su carta a los Reyes Magos y la echó en el buzón de correos de la plaza cuando su padre le llevó a casa de Dani. A su amigo le gustan los coches teledirigidos y ha pedido uno grande de color negro. Carlos, sin embargo, ha pedido dos cosas que quiere sobre todo: el "Superzoo desmontable" y el mecano que vio en el escaparate de la juguetería del pueblo, que es casi tan alto como él. Por eso, esta noche está atento a los ruidos y a las sombras que se ven en la calle. Si tiene suerte, podrá ver a Melchor, a Gaspar y a Baltasar. Dani le ha dicho que, seguramente, vendrán en muchos camellos, porque es imposible traer todos los regalos y a los pajes en tres solamente, aunque viajen unos encima de otros. ¡Qué burrada! Lo lógico -piensa Carlos-, es que los camellos tiren de unos carros llenos de paquetes y, como la casa de Dani está cerca de la plaza, han acordado que vigilarán a la vez, así que, si su amigo no se ha quedado dormido, estará mirando hacia la calle, como él, para comprobar quién tiene razón.
De repente, Carlos oye un sonoro "gong" en la habitación de sus padres, es el reloj que está colgado en la pared. Mira el de su mesilla y ve que ya son las doce y media. Lo cierto es que está empezando a aburrirse, no puede encender la luz, ni jugar ni entretenerse mientras espera si no quiere que sus padres se despierten y le obliguen a meterse en la cama, de modo que no le queda otra que aguantarse. Está seguro de que el gran acontecimiento sucederá de un momento a otro. Unas luces iluminan las paredes de pronto. Carlos se pega al cristal pero..., ¡no es lo que cree! Se trata del vecino que vive enfrente, que llega ahora en coche a su casa.
Decide que estará más cómodo sentado. Retira a su elefante africano de la silla en la que lo puso por la mañana, acerca ésta a la ventana y se sienta, cruzando las piernas como si fuese un indio, tal como lo ha visto en uno de los cuentos que tiene en la estantería. ¡Ajá, así se está mucho mejor! -piensa-. Deja volar la imaginación, cambia de postura varias veces y, al final.... ¡se queda dormido!
Mientras tanto..., fuera se ha levantado un poco de viento que mece las ramas desnudas de los árboles. No hace demasiado frío. Una extraña sombra -que semeja una larga caravana formada por hombres y animales-, se desliza silenciosa por las fachadas. Se detiene un poco en cada casa, permanece quieta unos momentos, después, reemprende su sigilosa marcha. Así, una y otra vez por todo el pueblo hasta que, al cabo de un buen rato, la sombra llega a la fachada de la casa de ladrillo rojo, pero, a estas alturas, Carlos sigue durmiendo plácidamente sentado en su silla.
A la mañana siguiente, cuando despierta, muy temprano aún, ¡ya no está en la silla, sino en su propia cama, bien arropado y calentito! Al estirar las piernas, sin querer, da una patada a unos bultos. Abre bien los ojos y ve con asombro que a los pies de la cama hay dos cajas, una enorme, envuelta en papel azul muy brillante y otra, más pequeña, forrada con papel de colores. Se pone nervioso y se da cuenta de que los Reyes han venido y él no se ha enterado, no pudo permanecer despierto y tendrá que preguntarle a Dani si ha tenido más suerte y ha podido verlos. No puede contener más las ganas y abre los regalos rompiendo el papel.¡Tiene su zoo y su mecano! ¡Está tan ilusionado que no sabe con qué jugar primero!
En ese mismo momento, Sus Majestades los Reyes Magos, cumplida su misión un año más y a salvo de ser descubiertos, toman chocolate caliente y rico roscón con frutas y nata en la cocina de su palacio, allá lejos..., en Oriente.
Rosa María Bobillo, 2008
Revisión, 2017
Robledo
Sus ojos
dorados han perdido el brillo acerado que tuvieron años atrás, sus sienes ya
clarean y cuando sube al monte para contemplar las primeras luces de la mañana
siente frío en los huesos, un frío que no viene con el aire de la amanecida,
sino que le llega de muy dentro, del mismo tuétano.
Foto. Javier Mena, 2016 |
Al llegar
arriba, su vejez se le olvida y espera para ver cómo el sol aparece sobre la
última elevación parduzca y se desparrama sobre la sierra, púrpura primero, naranja
después. Poco a poco, cada montículo de la ondulante y tosca sierra que le vio
nacer queda liberado de las sombras y, cuando el sol se eleva, la culebra de
piel de brezos, jaras, alcornoques, pinos, castaños y encinas sigue, igual que
ayer, igual que siempre, su camino serpenteante hacia el norte por uno de sus
extremos, hacia el sur, por el otro. Hacia el norte, en busca del agua que
duerme en las lagunas que recobran cada invierno su antiquísima
memoria de hielo; hacia el sur, para nacer o morir donde las gentes sacan de la
tierra lo que la tierra les hace sudar.
Robledo no
conoce otro lugar en el mundo, aquí le parió su madre y aquí ha engendrado a
sus hijos, uno de ellos, su digno sucesor. El tiempo ha pasado muy deprisa o
eso le parece a él, ha reinado entre los suyos, aunque para ello tuvo
que hacerse valer y luchar por el puesto. Ahora su progenie
está segura en manos de su hijo, otro piel ceniza de ojos dorados.
Su camino
está próximo al final; por eso, cada día sigue el arco regio del sol en el
cielo sin hacer nada más que disfrutar de su benéfico calor, sabedor de que el círculo está próximo a cerrarse y de que, un día cercano, sus ojos seguirán soñándolo cerrados y devolverán al astro la luz dorada con la que le regaló el día de su nacimiento.
Rosa María Bobillo. Octubre
de 2016.
Robledo es el primer lobezno nacido en el Centro del Lobo Ibérico
de Castilla y León, en Robledo de Sanabria (Zamora). Nació el 3 de junio de
2016. Si esta historia se cumple, es que habrá tenido una vida larga y buena, ojalá
que así sea.
Dile al Tiempo.
Ve, dile al tiempo que se pose en mi hombro.
Ve, dile que se lo tome con calma;
que deje para mañana
cuanto hubiera de hacer hoy.
cuanto hubiera de hacer hoy.
Pregúntale por qué ese empeño en dejar atrás la felicidad
cuando la encuentra.
Por convertir las horas en arena volátil,
cuando la encuentra.
Por convertir las horas en arena volátil,
en agua pasajera.
O, mejor, no le preguntes.
No vayas, no le digas nada.
No vayas, no le digas nada.
Porque sé que, si vas,
te embaucará,
y te irás con él.
te embaucará,
y te irás con él.
Y no quiero que me seas infiel.
Rosa María Bobillo.
Abril de 2016.
Abril de 2016.
Elena
Elena es profesora de Lengua, tiene treinta y siete años y vive desde hace dos con Pablo, su novio, que es coleccionista. Últimamente, a Pablo le ha dado por añadir nuevos objetos a su colección y están comenzando a tener problemas de espacio. Que ella sepa y, por este orden, las nuevas piezas son Pilar, Carmen, Soraya, otra Carmen y no está muy segura de si también debe incluirse en el inventario a Tere, aunque, ya puestos, mejor de más que quedarse corta.
Elena se ha pasado toda la mañana del sábado haciendo cuentas y no le salen. La hipoteca devora su sueldo y mucho se teme que la situación va a empeorar. Se lo ha dicho a Pablo, pero él no entiende de estas cosas, ni de casi ninguna. De manera concienzuda, ha ido anotando cada uno de los gastos que su bonito piso le dará en los próximos meses y qué reparaciones precisará el coche; ha hecho una lista detallada de todas las cuotas que paga mensualmente y nada, que las cuentas no le salen. No es que le preocupe mucho, pero puede resultar un inconveniente si su novio no busca trabajo pronto.
Por fin ha finalizado la redacción de la carta. Ha hecho varios borradores hasta dar con el definitivo. La lee otra vez para comprobar que no hay faltas de ortografía: "Señor juez, la única culpable de lo que ha ocurrido, soy yo. La situación es la siguiente; debería tener la vida que quiero, pero tengo una vida que no quiero y quiero una vida que no tengo. He cometido un gran error de sintaxis y esto, siendo profesora de Lengua, es imperdonable. Firmado: Elena".
Está empezando a notar sueño...
Rosa María Bobillo. Marzo de 2016
Mi razón.
Cuando habla, le salen por la boca miles, millones de
mariposas,
que revolotean sobre mi cabeza,
que se cuelan por mis oídos, convirtiéndose en música que me hipnotiza,
y sus labios provocan una brisa que me rodea, que me envuelve y me abraza suave.
Cuando mira, el cristal de sus ojos se disuelve
y, franqueado el camino, lo recorro confiada, protegida,
me pierdo en él para encontrarnos y entonces soy yo, soy él, soy nosotros.
Cada vez que sus manos se mueven,
busco alcanzarlas allí donde quiera que vayan,
que revolotean sobre mi cabeza,
que se cuelan por mis oídos, convirtiéndose en música que me hipnotiza,
y sus labios provocan una brisa que me rodea, que me envuelve y me abraza suave.
Cuando mira, el cristal de sus ojos se disuelve
y, franqueado el camino, lo recorro confiada, protegida,
me pierdo en él para encontrarnos y entonces soy yo, soy él, soy nosotros.
Cada vez que sus manos se mueven,
busco alcanzarlas allí donde quiera que vayan,
las siento aunque no me toquen,
porque me
tocan,
y me fundo y recorro todas sus líneas,
hasta la punta de sus dedos,
allí
donde nace la vida de mi piel.
Él es mis ganas. Mi razón.
Rosa María Bobillo. Diciembre de 2015
Otoño
Como gotas de rocío, que la noche llora.
Como lágrimas de la noche, que el sol enjuga.
Como diamantes que dan vida a la vida que se va...
Rosa María Bobillo. Octubre de 2015
Post-it
No se atrevió a decírselo a la cara y le dejó un post-it en la puerta del frigorífico porque sabía que lo primero que haría, al llegar, sería tomar un buen trago de su bebida isotónica.
Llegó, como cada mañana desde hacía cuatro, para hacer la limpieza, vio la nota amarilla destacando sobre el blanco, la cogió y le echó un vistazo. "Debe ser la lista de lo que quieren que haga -pensó-. La guardaré en el bolso, para que Abdou me traduzca lo que pone".
Entró en casa, a eso de las cuatro de la tarde, se fue descalzando pasillo adelante, soltó el maletín en una silla de la cocina, abrió el frigorífico y se bebiò la poca bebida azulada que quedaba en la botella. Se duchó, se puso ropa limpia y dejó un post-it en la puerta de la nevera:
Otra nota en el frigorífico. Se le había olvidado por completo enseñarle a Abdou la del día anterior. Tendría que espabilarse si no quería que el matrimonio la despidiera. Se apuntaría a clases de español esa misma tarde.
Rosa María Bobillo. Septiembre de 2015
Dicen
Dicen que La Menina, cansada de estar atrapada eternamente en el cuadro más bello del mundo, de vez en cuando sale a vivir las calles de Madrid, cuando ya todos duermen en El Prado. Y dicen que Velázquez lo hace también, y que ambos se citan en lugar secreto,y que la cruz roja que él lleva cosida a sus ropas, es señal de amor, hecha con la tela del traje que ella usa en sus escapadas.
Dicen...
Rosa María Bobillo. Julio de 2015
Candelario.
Ya es la hora.
Candelario se levanta del poyo en el que lleva sentado un buen rato y se dirige
a la casa, aparta la cortina que protege la ajada puerta del sol y del viento,
y entra para recoger el bocadillo que tiene preparado desde la hora del
almuerzo. Lo ha envuelto en ese papel de aluminio que le trae Leandro de la
tienda del pueblo una vez a la semana, cuando viene para aprovisionarle de
alimentos y pasa con él algunas horas para ponerle al día de las noticias de
los vecinos y para ayudarle con algún arreglo en la casa o en la diminuta
tierra de labor que hay justo detrás de ella.
Antes, solía envolver los bocadillos en
periódicos viejos, pero Leandro le ha convencido de que eso no es sano y le
trae ese papel que brilla y se rasga con solo mirarlo. Aparta otra vez la
sobada cortina, sale y emprende el camino. Le esperan veinte minutos hasta
llegar arriba, a la cima del teso, siguiendo una pelada trocha abierta por él
mismo hace ya más de cuarenta años a fuerza de subir y bajar con el rebaño de
cabras. Allí están también hoy, pastando.
Hace el mismo recorrido todos los
días. Cuando al alba el sol le dice que la jornada comienza, se levanta, se
viste y lleva el rebaño hasta la zona más alta del monte. No tiene perro que lo
guarde ni que le ladre; tuvo uno, que murió de viejo, y no ha querido volver a
tener otro. Deja a las cabras solas y rehace el camino para desayunar un tazón
de leche recién ordeñada que calienta previamente en la lumbre y en la que va
mojando el pan duro para reblandecerlo. Después, ocupa el día en trajinar en el
corral, echando un ojo al sol de vez en cuando para comprobar la hora. Tampoco
tiene reloj, mide el día según la dirección de las sombras y según el aroma que
le llega en cada momento. “Cada hora tiene su olor”, le dice siempre a Leandro.
Sus conocimientos de cocina son muy limitados, sabe lo justo para alimentarse
bien. Aprendió de su madre y de su mujer recetas sencillas que prepara con los
productos que la tierra le da y algo de pescado. El dinero no le da para mucho
y el pescado es caro, pero puede permitírselo un par de veces al mes.
Tiene televisor desde hace tres
años. Leandro, además de ser el tendero del pueblo, es también el alcalde y no
paró hasta conseguir que instalaran una torre de hierro enorme y altísima
–repetidor lo llamó él-, para que los vecinos de las zonas más apartadas
pudieran saber de las noticias que suceden más allá de las fronteras de este
pequeño paraíso en el que viven. Lo cierto es que el invento le gusta, así que,
después de almorzar y reposar la siesta, suele ver esas novelas que ponen por
capítulos y que parecen no acabar nunca. Le entretienen y le ayudan a estar en
contacto con la voz humana. También lee periódicos, aunque siempre son
ediciones atrasadas. Leandro se los trae cuando viene a verle. A él le da lo
mismo la fecha; mira las fotos y lee despacio porque apenas si fue a la escuela
y le cuesta trabajo deletrear. Se ayuda con el dedo índice y va silabeando en
voz alta al paso de éste por debajo de las letras para juntarlas y encontrar el
sentido completo a las palabras encolumnadas en el papel.
Ya es la hora. El gran balón naranja
está a punto de descolgarse. Candelario, entre parada y parada, ha llegado
arriba. Cuenta las cabras y comprueba que no ha de ir en busca de ninguna que
se haya alejado más de la cuenta, se sienta en la gran roca negra que está
justo en el rompiente del teso sobre el horizonte y que se halla bordeada por
pequeños ramilletes de margaritas silvestres. Mira al infinito durante un buen
rato, recorriendo con la vista el extenso territorio bajo sus pies. A lo lejos,
ve una hacienda, por el patio corre un niñito de unos seis años. Es delgado,
moreno, lleva un pie descalzo y el otro resguardado apenas con una vieja
alpargata que tiene un gran agujero en la punta. Lleva puesta una camisa que le
está grande, que debió ser blanca - y que ahora presenta tintes grisáceos y
está llena de manchurrones-, y unos pantalones cortos de tela gris. Puede
advertir que tiene una herida en la rodilla, mas, a tenor de la expresión
alegre de su cara, no parece que le duela. “Probablemente se habrá caído
haciendo alguna travesura”, piensa Candelario. Llama su atención un hombre que
sale del corral, cargado con un cubo rebosante de leche. Es cabrero, como él.
Lleva las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Tiene las manos
grandes. Como él.
Gira la vista a la derecha, hacia la
casa. Ahora, el hombre y el niño ya no están en el corral, sino dentro, en la
cocina de la vivienda. Puede verlos a través de un amplio ventanal que está
abierto de par en par y deja entrar en la estancia el fresco del atardecer.
También ve a una mujer. Es bajita, tiene el pelo rojizo y se mueve ágilmente de
un lado al otro. Su cara está enrojecida. Sobre la mesa de madera oscura en la
que seguramente cenarán hoy, como siempre, hay tres grandes y esponjosas
hogazas de pan, así que su sofoco se deberá, sin duda, al hecho de haber estado
cociendo la masa en el horno. Remueve el guiso que tiene en la lumbre y da a
probar un poco al niño con una cuchara. Cuando el muchacho se come el bocado a
la mujer se le abre una sonrisa que le sale de los mismos ojos.
Más allá, un horizonte de cielo
líquido cae sobre la casa y la hacienda, es el mar. Dentro de un rato se
volverá negro y apenas se distinguirá de la arena de la playa. Mar y cielo
negros, negra arena. No, no es negra. Él bien lo sabe porque ha cogido millares
de puñados de ella en estos setenta y ocho años que ya le encorvan. De lejos
parece negrura, mas en las manos relucen sus brillos nacarados entre la oscura
roca pulverizada. Ha visto en televisión que la arena de las playas de otros
lugares es marrón o casi blanca. La de aquí, la suya, es oscura. Morena. Como
él.
Entre tanto, en la
casa, ya se han sentado a la mesa. “Venga, cena, que se hace tarde, Candelario”
-dice la mujer de cabello de fuego. Y Candelario desenvuelve el bocadillo y
cena despacio, mientras el sol le cita para el día siguiente y se va, dejando
tras de sí una extraña línea verde a lo largo del sinfín.
Rosa María Bobillo. Mayo de 2015
Las piedras de nuestra calle.
Si elaborásemos una lista de dos columnas para separar las cosas que consideramos que nos merecen la pena de las que no, probablemente aquellas que nos entusiasman superarían en mucho a las que nos desazonan, aun a sabiendas de que hay días en que nuestros sentidos andan
descabalados y pateamos descalzos un charco tras otro. Sin embargo, son muchos, muchos más, esos días
en los que podemos recogernos al final de la jornada detrás de nuestra sonrisa y son esos mismos días los que nos ayudan a dejar a un lado los otros, que no olvidarlos, porque el olvido no se elige, como no se eligen otras muchas cosas en esta vida.
Desear estar, querer estar y tener ilusión nos
hace crecer como personas, enriquece nuestro talento y nuestro espíritu, pero
lo fundamental es poder elegir cuándo, cómo y, sobre todo, con quién estar. La
honestidad nos lleva lejos, aunque no nos movamos de nuestro sitio. No debemos mentir, porque cada vez que lo hacemos, nos envilecemos y empequeñecemos. Quizá sea por eso por lo que las personas indignas acaban con sus rostros convertidos en rictus ásperos y marcados por arrugas de amargura -que no de experiencia-, porque ese tipo de personas disminuyen de tamaño -físico y moral-, sin remedio, y sus cuerpos son demasiado grandes para la poca alma que envuelven.
Nuestra calle es la que nos da verdad, la que nos dice: "por aquí has pasado muchas veces a lo largo de los años y, siempre que me has recorrido, te he conducido bien". Hay un momento en que hemos de decidir un rumbo determinado y ponernos en marcha. El camino que tomemos será el correcto y qué más da lo que podría haber deparado el destino en caso de haber elegido otro. Lo importante es disponer de una vida para seguir ruta, hacerlo durante el tiempo que nos sea dado y procurar escuchar el sonido de las piedras de nuestra calle lazarilla.
Rosa María Bobillo, 2015
Cuanto más despacio camino, más camino recorro.
rmbprr, 2015 |
Un
día, sin más, dejó de preocuparse. Todas las obligaciones que
revolucionaban sus horas del día, una semana tras otra, un mes tras otro, se
habían esfumado. Se había dado cuenta de que daba igual si se levantaba cinco
minutos más tarde cada mañana, de que el correr para alcanzar el metro de las
8:12 era estúpido y de que era mucho mejor, infinitamente mejor, desayunar
en la cafetería, disfrutando del café y del croissant, a hacerlo en el
despacho, tomando aquel asqueroso brebaje de máquina servido en vaso de plástico. Los
expedientes estaban apilados en riguroso orden cronológico. Tenía la sistemática costumbre de dedicarles un tiempo específico a cada uno, una de sus muchas manías, pero, desde hacía algo más de dos semanas, había comenzado a cambiar el procedimiento. Y aquella mañana, hizo algo más, algo que nunca había hecho antes.
Se le ocurrió cuando miraba por la ventana de su despacho. Desde ella veía los bellos edificios del otro lado de la calle, de principios del siglo XX, idénticos al que ocupaba el bufete en el que llevaba trabajando doce años. En todo ese tiempo había cumplido al máximo nivel con las expectativas que había generado al ingresar en aquel selecto grupo de abogados -emporio familiar de letrados de raigambre que solo contrataba al número uno de cada promoción-. No en vano, se jactaban de llevar los mejores casos, los de más renombre, los de más proyección social. Él formaba ya parte del engranaje como una pieza pulida y ajustada. Siempre estaba dispuesto a trabajar las horas que fuesen necesarias, renunciando incluso a fines de semana y a vacaciones con tal de demostrar que no se habían equivocado al elegirle. A lo que alguno de sus colegas tildaba de servilismo, él lo llamaba lealtad y aquella lealtad le había llevado a donde estaba ahora, en un despacho donde se veía el dinero en lo valioso del mobiliario, atendido por dos asistentes personales que en aquel momento, al otro lado de la puerta, estarían programando su agenda para el resto de la semana.
A eso de las once y media se levantó del sillón sin recoger los papeles que estaban en ese momento sobre la mesa, se colocó la americana, se enderezó la corbata y buscó su móvil en el bolsillo del pantalón. Lo sacó y lo dejó junto al teléfono fijo, sin olvidar silenciarlo antes. Se quedó quieto un momento, mirando la punta de sus impolutos zapatos de ante marrón oscuro como si necesitara mirarse los pies para inducirles a hacer lo que su cabeza ya había decidido. Enderezó la espalda, miró al frente y salió del despacho cerrando la puerta con exquisita suavidad. El miedo a dar explicaciones le hizo adoptar un gesto serio al dirigirse a sus ayudantes. “Voy a estar fuera el resto de la mañana –les dijo-. Recoged los recados, por favor”, y salió pasillo adelante en busca del ascensor. Aunque extrañados, ninguno de los dos le preguntó a dónde iba.
Caminó
deprisa, con el aplomo de quien ha tomado una determinación, de quien tiene un
claro objetivo y no se desvía ni un milímetro de la ruta elegida. En veinte
minutos se halló ante la puerta de la terminal de autobuses y pocos segundos
después, ante una de las ventanillas de expendeduría de billetes. La eligió
porque solo había dos personas haciendo cola.
- Buenos días –le dijo al hombre de la ventanilla cuando le llegó el turno-. Quiero
un billete.
-
¿Para dónde?
- El
lugar me da igual. Deme un billete para el autobús que salga antes y, por
favor, no me diga a dónde va, sólo la dársena de la que sale.
El empleado no hizo comentario alguno y se limitó a buscar en la pantalla del ordenador la hora de salida más próxima, a expedir el billete y a extenderlo por la abertura del mostrador al tiempo que indicaba el importe.
El empleado no hizo comentario alguno y se limitó a buscar en la pantalla del ordenador la hora de salida más próxima, a expedir el billete y a extenderlo por la abertura del mostrador al tiempo que indicaba el importe.
-
Dársena 5, -dijo-, y recogió el dinero del hueco del mostrador, la cantidad
exacta.
Con el billete en la mano, bajó la rampa mecánica que daba acceso al piso inferior de la estación, un espacio semicubierto en el que la red de autobuses que cubrían rutas nacionales y provinciales efectuaban las salidas y llegadas, y buscó el rótulo con el número que el hombre le había indicado. Allí estaba, en marcha y con la puerta abierta, un autobús de color azul al que algunos viajeros estaban subiendo ya. Se obligó a no mirar el cristal frontal y cuando anunciaron la salida por los altavoces descubrió el nombre de la ciudad hacia la que estaba a punto de partir. “Bien –se dijo-, a fin de cuentas, ¡qué más me da!”, y se pasó las dos horas largas que duró el viaje alternando la mirada entre la pantalla del televisor empotrado en la parte superior del parabrisas –en el que se exhibía una película sin sonido-, y el paisaje ligeramente verdeante que veía a través de la ventanilla, arrinconado por su compañero de asiento, un voluminoso hombre de unos setenta años que trataba inútilmente de mantenerse en su lugar y que, una y otra vez, terminaba empujándole –involuntariamente, eso sí-, contra el reposabrazos.
Solo un instante ocupó su cabeza el despacho, cuando se preguntó cómo habrían reaccionado sus jefes, sus colegas, al comprobar que no regresaba ni se ponía en contacto con el bufete para dar noticia alguna, pero se dio cuenta de que, en realidad, no le importaba en absoluto, pensamiento que le hizo experimentar una sensación de liberación que le mantenía extrañamente alegre, en una especie de trance que le impelía a seguir adelante con su experimento.
Cuando bajó del autobús, seguro de que podía hacer lo que le viniese en gana, sabiendo que allí no había horarios, ni agendas, ni compromisos que cumplir más que el que había adquirido consigo mismo, se sintió hambriento. Necesitaba comer algo y, esa vez, no sería una triste ensalada como las que le obligaba a comer su novia en su empeño infructuoso de que perdiese esos kilos que, según ella, le sobraban.
Eran las tres y media, solo habían pasado algo más de ocho horas desde que se había levantado aquel día y, sin embargo, su casa, su trabajo, su ciudad, se le antojaron lejanos, como irreales, desprovistos de color, difuminados. Qué le estaba ocurriendo, no lo sabía, pero le gustaba y hacía mucho, mucho tiempo, que no sentía ansia, casi codicia, por paladear la vida.
Rosa María Bobillo, 2015
La promesa
Le apetecía conocer el lugar sin testigos y descubrir si seguía siendo como Víctor se lo había descrito o si, por el contrario, ya solo existía así en los recuerdos de su marido. Tenía tan claro lo que quería hacer, que ni siquiera tuvo que tomar la decisión. Le fue fácil orientarse. Aún sin conocerlo, cada recodo le parecía familiar y, cuando llegó al final de la larga cuesta que descendía hacia la derecha, en dirección a la ermita, sus ojos vieron el punto exacto. El muro del que él le había hablado seguía allí, prácticamente derruido y tragado por la maleza. Una chapa clavada a un poste vertical que había en el esquinazo que formaban el muro y una pequeña subestación eléctrica, indicaba la salida del pueblo hacia la carretera comarcal. Las ramas desnudas de las zarzas, espinosas, resecas y retorcidas, pendían hacia el suelo endurecido. Cogió la caja precintada que llevaba en el asiento delantero y salió del coche.
Los meses le pesaban
como losas de mármol. El libro se había publicado en enero y Víctor había
disfrutado del éxito rotundo como un niño grande. Solo dos meses después, su
cansancio era visible, así que, cuando con abril llegó el sol, invadiendo las
calles con esa sensación benéfica del primer calor de la primavera, de la vida
nueva que se insinúa primero y revienta después por todas partes, se aficionó a
dar largos paseos siguiendo la ribera del río, que pasaba lleno de fuerza y
henchido de agua, buscando recuperar el vigor y las fuerzas perdidas.
Parecía que, por fin,
los buenos tiempos habían llegado para quedarse. Ella se levantaba cada mañana,
contenta de verle arrebujado en las sábanas, aún dormido. Se vestía y salía
disparada hacia el trabajo, y pasaba la jornada esperando la hora de comer para
sentarse con él a la mesa y escuchar lo que había hecho durante las horas que
no habían pasado juntos. Por entonces, Víctor se había aficionado a la cocina y
era divertido verle trajinar entre cacerolas y sartenes, corriendo de un lado a
otro buscando tal o cual ingrediente o abriendo el frigorífico para poner a
enfriar un postre, o probando un vino que le habían recomendado en la tienda de
debajo de su casa. Tras el café, ella sesteaba a medias en el sofá y él se iba
al estudio. No pasaba ni un minuto cuando oía el golpeteo de sus dedos sobre
las teclas del ordenador. Víctor volvía a escribir y aquello hacía que se
sintiera llena de amor hacia él; no necesitaba más que oírle, a través del
pasillo, para sentir una inmensa felicidad.
Pero lo que se
pierde, no se recupera jamás. En último caso, y sólo si se tiene una memorial
fiel, se pueden evocar los momentos dulces y los recuerdos amables para
ensoñarse unos instantes porque, si de engañarse se trata, también se puede.
Ahí comienza el juego, poderoso y peligroso juego, de la razón contra el alma.
El alma cabalga a lomos de la sinrazón y persigue y presiona a la sensatez
hasta acorralarla. El peligro está en traspasar la frontera invisible entre la
cordura y la locura, y no tener la lucidez indispensable para encontrar el
camino de vuelta. Elena había estado a punto de pasar esa línea en varias
ocasiones, aunque, de momento, el péndulo seguía deteniéndose en el centro.
Parte de su vida se había convertido, sin desearlo, en simples despojos y se
estaba deshaciendo de ellos a fuerza de riñones. Cual serpiente, trataba de
liberarse de la piel vieja para guarecerse tras una nueva armadura. Inválida de
fuerza, recogía, con la avidez de un hambriento, cada migaja de estima que le
dedicaban. El proceso estaba siendo largo y tenía la impresión de que quien
caminaba, dormía, pensaba, comía o vivía su vida, en definitiva, no era ella,
sino una desconocida a la que veía desde fuera. Había llegado al extremo de
hablar en voz alta consigo misma para asegurarse de que no era así y se repetía
una y otra vez, que lo pasado, pasado estaba. Lo que ocurría, era que el pasado
se obstinaba en pisotear cada uno de sus presentes. Por eso, había decidido
hacer otra intentona y realizar una especie de ofrenda, buscando con aquel
gesto algo parecido a una purificación, una catarsis que la devolviera a la
luz.
Dejó la caja en el
suelo, buscó en su bolso el paquete de cigarrillos y encendió uno. Con la
primera calada llegó el desahogo. Estaba pensando en dejarlo. Apoyada en el
capó, dejó vagar sus ojos por el paisaje, un paisaje yermo, iluminado por el
frío sol de enero, en el que se distinguían leves indicios de una primavera que
pretendía llegar antes de tiempo aquel año. “Todo cambia demasiado rápido”,
pensó.
Un día de tantos, había llegado a casa y lo había sentido. Era el silencio de la ausencia. Víctor se había ido, estaba segura. Se quedó parada en medio del pasillo, dudando entre recorrer los metros que la separaban de la cocina, de la que provenía una luz muda o quedarse allí, quieta, hasta que aquella desazonadora sensación se volatilizase. Se obligó y avanzó despacio, un paso, luego otro, sabiéndolo, temiendo encontrarse con lo que con certeza la esperaba. Entró en la cocina y buscó una nota inexistente sobre la mesa, en la puerta del frigorífico. Nada. Fue a su habitación en busca de una maleta que esperaba no encontrar, pero la vio ya antes de llegar a la puerta, en la parte alta del armario, como siempre. Su mirada se quedó clavada en aquella maleta gris, un segundo, otro..., interminable lapso de tiempo. Sabía que debía cambiar la dirección de su mirada, pero no quería, no quería, no quería... Bajó la cabeza, miró sus zapatos y siguió el camino que le marcaban las líneas cuadriculadas de las baldosas del suelo. Había llegado. Se arrodilló sobre la alfombra y le acarició el pelo, la cara, aquellos ojos cerrados de quien era su vida. Le costó dejar escapar el primer sollozo; después, el embozo de la sábana se empapó de sal.
Un día de tantos, había llegado a casa y lo había sentido. Era el silencio de la ausencia. Víctor se había ido, estaba segura. Se quedó parada en medio del pasillo, dudando entre recorrer los metros que la separaban de la cocina, de la que provenía una luz muda o quedarse allí, quieta, hasta que aquella desazonadora sensación se volatilizase. Se obligó y avanzó despacio, un paso, luego otro, sabiéndolo, temiendo encontrarse con lo que con certeza la esperaba. Entró en la cocina y buscó una nota inexistente sobre la mesa, en la puerta del frigorífico. Nada. Fue a su habitación en busca de una maleta que esperaba no encontrar, pero la vio ya antes de llegar a la puerta, en la parte alta del armario, como siempre. Su mirada se quedó clavada en aquella maleta gris, un segundo, otro..., interminable lapso de tiempo. Sabía que debía cambiar la dirección de su mirada, pero no quería, no quería, no quería... Bajó la cabeza, miró sus zapatos y siguió el camino que le marcaban las líneas cuadriculadas de las baldosas del suelo. Había llegado. Se arrodilló sobre la alfombra y le acarició el pelo, la cara, aquellos ojos cerrados de quien era su vida. Le costó dejar escapar el primer sollozo; después, el embozo de la sábana se empapó de sal.
Se agachó, apagó el
cigarro -casi consumido-, abrió la caja y extrajo de ella la pequeña urna. La
destapó y volcó las cenizas sobre la tierra helada que mantenía apretados los
fuertes y nudosos troncos de las zarzas. Luego, guardó la urna vacía y la caja
en el maletero. El frío que la atería la decidió a regresar al refugio cálido
del automóvil y a emprender el camino de regreso. Cuando dejaba atrás el pueblo
se prometió a sí misma que no volvería a aquel lugar. “Lo pasado, pasado está”,
se dijo.
rmbprr,
2014
Los ojos de Paul.
La miraba con esa mirada suya, tibia, sincera, y escuchaba
atentamente toda la perorata que salía de sus labios esperando con
paciencia a que terminara. Ella, sin embargo, le miraba desde la
superioridad y le hablaba enérgica, seria, realmente enfadada, hilando
una palabra tras otra, hablando deprisa, en voz alta, casi chillando.
“La próxima vez que te vayas – le decía, apuntándole amenazante con
el dedo índice-, no estaré dispuesta a acogerte cuando regreses, como
he hecho esta vez. No puede uno irse de casa, así, sin más, y esperar
que no ocurra nada, que no pase nada. Llevo desesperada una semana, no
he pegado un ojo estas noches, me llegan las ojeras al suelo. Todos
están hartos de mis llamadas insistentes preguntando por ti, pensando
que estoy loca o algo por el estilo. Y tú, sin embargo, regresas tan
campante, como si dejarme abandonada estos días fuese lo más normal del
mundo. Te lo advierto: la próxima vez, te quedas en el lugar donde hayas
estado, no vuelvas con el rabo entre las piernas." Dicho lo cual, le
dio la espalda y se fue a la habitación.
Él se sentó. Realmente, se había extralimitado, no había sido
prudente, pero es que su ama no entendía que se había enamorado y el
amor es el padre de las locuras. Hacía diez días que los vecinos de la
esquina había llevado a casa a aquella preciosidad de perrita caniche de
ojos tiernos y, si no se hubiese espabilado, el imbécil del corgi galés
que rondaba por el jardín del sacerdote le hubiera pisado el terreno.
Él era un husky de preciosos ojos azules, el Paul Newman de los perros, y
tenía su orgullo; así que su ama tendría que acostumbrarse a la nueva
situación, sí o sí.
Rosa María Bobillo. Noviembre de 2014.
Rosa María Bobillo. Noviembre de 2014.
Muros.
Decidió salir de la autovía hacia una carretera comarcal
y a pocos kilómetros, justo a la entrada de uno de los pueblos que flanqueaban
la vía, reparó en un enorme grafitti que resaltaba en negro sobre la pared
lateral de una caseta erguida en la misma linde de un terreno de labor. En
letras mayúsculas, estaba escrita la palabra “FUERA”, aunque la última letra estaba sin acabar. Daba la impresión
de que al autor no le había dado tiempo a terminar o de que había calculado mal
y se le había acabado la pintura. Fuere por una razón u otra, no había vuelto
para rematar el trabajo. Meditó sobre lo que habría querido decir al
escribirla. “Fuera”. ¿Quién o
quiénes? ¿De dónde? ¿Acaso aquella persona lo que había deseado era tan simple
como que quitaran aquella caseta de allí o se refería a otra cosa? Considerados
por unos como una expresión artística más, rechazados por otros al considerar
que aquellas pintadas daban a las ciudades aspecto de dejadez y de suciedad,
los grafittis creaban polémica en muchas ocasiones. No pudo por menos que
recordar una fecha, que le vino a la cabeza de forma automática unida a la
imagen de otras pintadas muy especiales que había visto por televisión una
noche de 1989 -en concreto, la del nueve de noviembre-, en la que había tomado
una de las decisiones que, con el paso del tiempo, más decisivas habían
resultado ser en su vida.
Aquella noche había llegado a casa con la noticia que acababa de escuchar en la radio del
coche, zumbando en sus oídos. Natalia estaba sentada en el sofá, hojeando una
revista, y no se había enterado de nada.
-¡Hola! – la saludó eufórico
mientras se acercaba a toda prisa hacia el televisor para encenderlo. ¿No lo
estás viendo?
- Hola. ¿El qué?
- Acabo de oírlo en la radio
mientras venía. ¡Es la noticia del año!
- ¿De qué hablas? ¿No me das
un beso?
- Claro. Perdona.
Se inclinó y la dio un beso fugaz
en los labios, rozándolos apenas; lo único que ocupaba su mente era lo que
acontecía en ese mismo instante en un lugar a muchos kilómetros de distancia.
-¡Mira, están derribando el
muro!- dijo, entusiasmado. Y se sentó a su lado.
-¡Qué bien!, -exclamó
divertida dirigiendo su mirada, primero hacia el televisor y luego hacia él-.
¿Y cuál es el muro en cuestión, si puede saberse?
La miró, atónito.
- Desde luego, a veces
parece que estás en las nubes. ¿Cómo que cuál? ¡El de Berlín! ¿No te das cuenta
de que es un momento histórico?
- Oh, sí, por supuesto que
me doy cuenta –contestó mientras colocaba los brazos alrededor de su cuello y
le aplastaba contra el respaldo del sofá-. Pero, ahora mismo, me interesas más
tú. Y comenzó a besuquearle por toda la cara.
La situación era de lo más
estimulante, pero Emilio no podía apartar la mirada del televisor y se zafó
como pudo de los tentáculos de su novia.
-Espera un momento –y agarró
sus manos para que le atendiese-. Luego me toqueteas todo lo que quieras, pero
ahora, déjame ver esto, anda.
- Como quieras –concedió
ella, modosa-. Tú te lo pierdes. Bien, vamos a ver la gran noticia, así
quietecitos, como dos niños buenos –bromeó, haciendo pucheros en un simpático
gesto infantil.
Los presentadores del
informativo especial repetían una y otra vez los textos de las notas que les
pasaban a medida que se conocía más sobre el hecho que estaba teniendo lugar en
directo y al que ellos estaban asistiendo como espectadores, sentados uno al
lado del otro. Las imágenes fueron llegando y el mundo pudo ver el
derrumbamiento de un muro que había dividido y avergonzado a Europa durante
treinta años. En las inmediatas horas de la tarde y tras una rueda de prensa
ofrecida por miembros del partido en el gobierno de la Alemania oriental, los
berlineses “del otro lado” dieron por hecho que los pasos de control estaban
abiertos y se acercaron ansiosos, exigiendo que les dejasen pasar. Los
habitantes de la parte occidental también acudieron y al final, unos y otros,
terminaron por atravesarlo sin que los soldados que hacían guardia, influidos
por la confusión general que reinaba en aquellos momentos, hicieran nada por
impedirlo. Eran las once de la noche cuando se abrió el primer punto de control,
después, se abrieron los demás.
En la mañana del día
siguiente, viernes diez de noviembre, y ante una muchedumbre presa de una
alegría incontenible, la frontera se abrió definitivamente para no volver a
cerrarse nunca, la situación se desbordó
y la gente acudía en jubilosa peregrinación hasta el muro para ver con sus
propios ojos lo que había podido ver horas antes por televisión. Había personas
que reían y lloraban a la vez, que rezaban, cantaban, bailaban y brindaban con
champán. Se sucedían los actos espontáneos de celebración, pero los momentos
álgidos, los más emotivos sin duda alguna, fueron los reencuentros de
familiares y amigos que habían permanecido separados durante treinta años por culpa
de la ignominiosa actuación de dictadores y políticos sin escrúpulos, personas que
volvían a abrazarse después de mucho tiempo en el que, si supieron los unos de
los otros, fue a costa de arriesgar su libertad y, en algunos casos, la propia
vida. Hubo quienes, armados con picos y mazos, la emprendieron a golpes contra
el hormigón hasta que consiguieron abrir huecos grandes que permitían el paso
de un lado al otro y los pedazos se mostraban ante los objetivos de las cámaras
de los numerosos reporteros que fueron llegando hasta allí, para que el mundo
viera cómo el muro se venía abajo. Lo que ocurrió aquella noche pasó de ser un
sueño largamente anhelado por muchos, a convertirse en una hermosa realidad que
cambió el rumbo político y social de Europa y del mundo entero para siempre.
Hacía tiempo que La Perestroika y la Glasnost –la reestructuración económica y la transparencia
política-, impulsadas por el Presidente de la antigua Unión Soviética, Mijail
Gorbachov, se dejaban sentir con fuerza y aquellos días los acontecimientos y
las declaraciones se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Muchos de los cambios
políticos, económicos y sociales que se produjeron a partir de entonces en los
países del este de Europa y en el resto del continente, tuvieron su origen en
aquella noche de noviembre de 1989. Sistemas políticos dictatoriales que hasta
entones parecían blindados e indestructibles, cayeron unos tras otros, por el
efecto dominó, y los cambios conformaron un mapa político –y geográfico-
abismalmente diferente al existente hasta entonces. Antiguos estados
reemergieron para reclamar su sitio, para volver a disfrutar de su
independencia como naciones soberanas y no como partes de países conformados
según los acuerdos tomados después de la Segunda Guerra Mundial o en la época
de la Guerra Fría. Hoy en día, algunos trozos del muro aún podían comprarse en
los mercadillos de algunas ciudades y también algunos museos se habían apuntado
el tanto y exhibían vestigios elocuentes de las voces, los gritos y los sueños
estampados en el hormigón: mensajes pacifistas, citas revolucionarias y
postulados en contra de leyes injustas, impuestas por tiranos; todos, con una
misma misión, la de resaltar sobre el gris de aquella frontera antinatural,
aquella cruenta línea divisoria, el derecho de los pueblos a otorgarse a sí
mismos, sin otra imposición que la de las leyes democráticamente aceptadas, el orden
normativo que garantiza, valida y protege la convivencia entre las personas y
entre los países.
Emilio también vivió su
propia borrachera de felicidad aquella noche, porque llevado por la oleada de
optimismo generalizado, hipnotizado por
todo lo que estaba viendo e imbuido por un impulso que no había sido capaz de
controlar, se había decidido a hacer la gran pregunta:
- Natalia...
- ¿Qué…?
- ¿Por qué no nos casamos?
Después de ese día, había tenido
que derribar tantos muros…
Rosa María Bobillo. Noviembre de 2014.
rmbprr 2014 |
Recorrió su brazo, un brazo fuerte, de tendones vivos y de piel suave, cuyo extremo era una mano de dedos finos y delicados que conocían el secreto para hacerla estremecer de deseo. Luego, acarició su cara y dejó ir su mano desde la frente hasta la barbilla, tocando su sien, su mejilla, sus labios entreabiertos... Después, le tocó el turno al cuello, ancho, vigoroso. Detuvo los dedos sobre la vena yugular y escuchó su pálpito. Todo en él era vida, todo él la pertenecía como ella era suya sin condiciones.
De repente, oyó un ruido que provenía del exterior, un leve
tintineo de llaves.
- Hasta mañana, amor mío –le susurró-, y le cubrió con una suave
tela inmaculada.
La estaban apremiando para que acabase de una vez la
restauración del cuadro, pero cómo poner fin al amor de su vida.
Rosa María Bobillo. Octubre de 2014
rmbprr. 2014 |
El bochorno ponía el cielo negruzco y feo. Pasó lentamente las páginas del álbum y encontró la foto. La recorrió con las yemas de los dedos, palpando las arrugas blancas que agrietaban la imagen. "Volveré -decidió-, y colocaré los recuerdos en su sitio".
Rosa María Bobillo. Julio de 2014
El café.
Tres años desde aquella dolorosa separación y dos desde su honrosa inscripción en el registro oficial de desempleados. Sobre la barra del bar, un café solo en una taza blanca y un croissant caliente en un plato desportillado. Acababa de oir una noticia en la televisión del fondo: en un país, su presidente había ordenado colocar un reloj que contaba el tiempo al revés. "Si me fuera allí -pensó-, dentro de tres años volvería a ser feliz".
Tres años desde aquella dolorosa separación y dos desde su honrosa inscripción en el registro oficial de desempleados. Sobre la barra del bar, un café solo en una taza blanca y un croissant caliente en un plato desportillado. Acababa de oir una noticia en la televisión del fondo: en un país, su presidente había ordenado colocar un reloj que contaba el tiempo al revés. "Si me fuera allí -pensó-, dentro de tres años volvería a ser feliz".
Rosa María Bobillo del Pino. Julio de 2014
Lo que parece.
Todos le tenían por un hombre culto. Estaba a la última en cuestión de publicaciones literarias. Su secreto: la librería que estaba debajo de su casa. Cada mañana, temprano, se paraba ante el escaparate con las manos metidas en los vacíos bolsillos del pantalón y leía los títulos de los libros que el encargado de la tienda había colocado la tarde anterior, los libros que no podía entrar a comprar.
Rosa María Bobillo. Junio de 2014
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